Arsenal se encontraba una vez más ante una encrucijada del destino.

Si viste el marcador en Griffin Park anoche a las 23:00, tu primera reacción probablemente fue la misma que la mía: no de ira, sino de un cansancio predecible y cansado.

1-1. Arsenal.

Estas cuatro palabras, juntas, se han convertido en el final más familiar y cliché de la narrativa de la carrera por el título de la Premier League. Hace dos días, el Manchester City derrotó fácilmente al Fulham por 3-0, reduciendo la diferencia a tres puntos, poniendo bajo presión a Arteta. ¿Y qué pasó? Los Gunners no reaccionaron como lo harían los campeones, sino que, como de costumbre, resbalaron, pisando la aterradora banda del Brentford.

Entrar a este lugar es como entrar a un casino.

Tras el partido, Arteta, hablando por el micrófono de TNT, ofreció la metáfora más acertada de la jornada de la Premier League. Se refería a los saques largos del Brentford, pero todos entendimos lo que no se decía: los casinos nunca ven con buenos ojos a quienes calculan probabilidades; solo recompensan a quienes se atreven a apostar al caos.

Anoche en Griffin Park, el Arsenal fue el estudiante diligente que calculaba los goles esperados con una hoja de cálculo de Excel, mientras que el Brentford fue la casa que se tragó los dados.

Los 60 minutos de Raya: El tira y afloja definitivo entre el pecador y el santo

En el minuto 21, el corazón de todos los aficionados del Arsenal dio un vuelco.

David Raya, enfrentándose a su antiguo equipo, tomó una decisión completamente amateur: pasar el balón a Rice al borde del área. Matthias Jensen, como un sabueso oliendo sangre, interceptó el balón y envió un centro preciso. El cabezazo de Igor Thiago se fue a menos de seis yardas de la portería, y Raya lo despejó milagrosamente con la izquierda.

Esta fue una jugada clásica de Raya: cavar un hoyo, luego llenarlo.

De hecho, el xG (gap-to-gain) del Arsenal durante toda la primera mitad fue de tan solo 0,6, su tercera cifra más baja de la temporada, solo superada por su complicada eliminatoria a doble partido contra el Liverpool. Sin Saliba (ausente por enfermedad), pasar el balón desde atrás era como caminar sobre hielo roto; Eze, que debutaba como titular en liga en dos meses, jugó 45 minutos sin rematar ni dar pases clave, como un teléfono sin tarjeta SIM.

Sustituir a Eze por Odegaard al descanso era la única opción que le quedaba a Arteta.

El falso clímax en el minuto 60

Entonces, en el minuto 61, el Arsenal marcó.

Pierre Sincapé centró desde la banda izquierda, y el balón se desvió como si hubiera sido dibujado con un compás. Maduekai —el chico exiliado por el Chelsea, abandonado por el Newcastle, olvidado por los medios— saltó alto y estrelló el balón contra la portería.

En ese momento, los sofás del Emirates Stadium estallaron en vítores, mientras los bares de Manchester suspiraban. La diferencia de seis puntos había vuelto, la carrera por el título había terminado.

¿De verdad?

Saques de banda y las líneas laterales más peligrosas de la Premier League

Los saques largos del Brentford no son ningún secreto. El brazo derecho de Keod se vería perfectamente natural en un campo de rugby. Pero saber que una granada va a explotar no significa que puedas quedarte de pie durante la explosión.

En el minuto 71, Keod lanzó el balón al área, Van den Berg lo remató al primer palo y Lewis Porter, como un delfín saltando del agua, se estrelló contra el balón. 1-1.

En ese momento, la cámara enfocó la cara de Arteta. El español no maldijo ni lanzó una botella de agua; simplemente agachó la cabeza y se metió la pizarra táctica bajo el brazo. Esa expresión era: “Sabía que esto pasaría”.

Después del partido, Keown y Crouch discutieron durante diez minutos en el estudio de TNT. Keown creía que Van den Berg había empujado la espalda de Gabriel con ambas manos, señalándolo como falta; Crouch negó con la cabeza: “Si eso se hubiera señalado, me habría retirado en el acto”.

Ambos tenían razón. No se trataba de una falta; se trataba de que el Brentford obligara al Arsenal a jugar un partido que no quería. Y cuando los Gunners se ven obligados a meterse en este atolladero, sus camisetas blancas siempre son las más sucias.

La tarjeta roja que no se mostró y otra polémica que se encubrió.

Tras el pitido final, Keith Andrews irrumpió en el campo, casi tirándole los auriculares al cuarto árbitro.

¿Por qué estaba tan enfadado? En el minuto 83, Gabriel, que ya tenía tarjeta amarilla, cometió una falta sobre Tango Watara en la banda. El árbitro John Brooks no mostró ninguna tarjeta. Andrews rugió desde la banda, y después fue aún más mordaz: “Esa sí que fue una segunda amarilla. El criterio para la primera falta ya estaba establecido, ¿por qué cambió en la segunda parte?”.

Esa es una buena pregunta. Pero está destinada a quedar sin respuesta. Del mismo modo que nunca sabremos si el Arsenal podría haber salido de Griffin Park con un punto si Gabriel hubiera sido expulsado.

La noche de Thiago y el pie de Martinelli

En los últimos 15 minutos, el Brentford estuvo más cerca de la victoria.

Thiago falló dos ocasiones claras. Su mano a mano en el minuto 87 fue frustrada por una entrada perfecta de Mosquera, la actuación más costosa del joven central español en una noche sin Saliba. En el cuarto minuto del descuento, Thiago volvió a encarar al Raya y disparó al cielo de Griffin Park.

Entonces, el Arsenal tuvo su mejor segunda oportunidad del partido.

Odegaard envió un pase al hueco, Timber centró y Martinelli enfrentó a Kelleher en el mano a mano. El norte de Londres pareció congelarse. Kelleher estiró el brazo izquierdo y bloqueó el disparo del brasileño.

Esta no fue una de las paradas más memorables de De Gea en 2018, una parada de “punta-punta”. Fue una parada competente, posicional y esperada. Pero cuando ocurrió en el minuto 95 del tiempo añadido, cuando ayudó a Brentford a conseguir un punto, quedará grabado en los anales de la carrera por el título.

Cuatro puntos y un equipo que sigue buscando respuestas.

Aquí un resumen de los datos clave tras la actuación de anoche:

Primero, la ventaja del Arsenal se ha desplomado de 9 puntos hace seis días a 4. Han empatado 3 de sus últimos 6 partidos de la Premier League. Este no es el ritmo de un aspirante al título; es una forma de rogar, de “esperar que el rival cometa un error”.

Segundo, la dependencia de Saliba ha entrado en una fase crónica. Sin el francés, el porcentaje de victorias del Arsenal en la Premier League esta temporada es del 42,1%, con un promedio de 1,6 puntos por partido; con él, el porcentaje de victorias es del 68,6%, con un promedio de 2,3 puntos por partido. Mosquera trabajó duro anoche, pero entre el esfuerzo y la “indispensabilidad” se encuentra el equivalente al precio total del traspaso de Saliba.

Tercero, su capacidad para romper defensas en ataques posicionales vuelve a ser una señal de alerta. Yorkes no disparó, Trossard se perdió entre la multitud y Odegaard, tras entrar como suplente, tuvo un disparo que se fue alto y desviado. El Arsenal presume del grupo ofensivo más caro de la Premier League, pero en Griffin Park, su único gol llegó tras un centro de un lateral y un cabezazo de un extremo; estamos en 2026, no en 1996.

En cuarto lugar, y más importante: las debilidades tácticas y técnicas están siendo reemplazadas por desajustes mentales. Arteta dijo: “Queríamos ganar, así que sentimos que perdimos dos puntos”. Pero el subtexto es: creemos sinceramente que nuestros rivales no merecían los puntos. Esta arrogancia, tanto táctica como psicológica, está cediendo poco a poco la iniciativa en la carrera por el título al Manchester City.

Añadir una reseña

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *